DHQ: Digital Humanities Quarterly
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2018
Volume 12 Number 1
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Cartografías de la sociedad red

Cartographies of the Network Society

Translation: Paulo Antonio Gatica Cote <paulo_dot_gaticacote_at_gmail_dot_com>, Universidad de Salamanca

Abstract

El debate sobre el ciberespacio ha sido generalmente polarizado en torno a los binomios: real/virtual o natural/artificial. Entre las categorías empíricas que se han manejado como reales y naturales destaca la noción de espacio. La generalización de Internet ha provocado que esta polémica se perpetúe. Así, es posible distinguir una nueva oposición: por un lado, el ciberespacio entendido como un no lugar, desterritorializado, democratizador y asignificativo; por otro, como lugar sujeto a movimientos y repliegues territorializadores e identitarios que vendrían a poner nuevas fronteras, entre ellas la “brecha digital”, como consecuencia del predominio de la globalización en el contexto de la sociedad-red. En este sentido, se observa cómo, gracias a la velocidad y posibilidad de interconexión casi universal, los flujos dominantes “modelan” y semantizan continuamente el espacio a través de la inclusión y exclusión de aquellos nodos más o menos valiosos para sus intereses. El objetivo de este artículo es realizar una crítica de (ciber)espacio, que ponga en cuestión las simplificadoras dialécticas centro y periferia o territorialización y desterritorialización.

0. Crítica del ciberespacio

El espacio captado por la imaginación no puede seguir siendo el espacio indiferente entregado a la medida y a la reflexión del geómetra. — Gaston Bachelard
La cita de Gaston Bachelard con la que se abre el presente trabajo tiene absoluta vigencia y apunta, a pesar del más de medio siglo que ha transcurrido desde la publicación de La poétique de l’espace (1957), a lo que los especialistas denominan el “giro espacial” de las humanidades y las ciencias sociales. Como explican Warf y Arias:

Space can serve as a window into different disciplines, a means of shedding light on what separates and what unites them. Because so many lines of thought converge on the topic of spatiality, space is a vehicle for examining what it means to be interdisciplinary or multidisciplinary, to cross the borders and divides that have organized the academic division of labor, to reveal the cultures that pervade different fields of knowledge, and to bring these contrasting lines of thought into a productive engagement with one another.  [Warf-Arias 2008, 2]

En esta línea de investigación parecen asentarse las reflexiones de Fernando Aínsa, quien ha elaborado su visión particular sobre el panorama literario latinoamericano a través de conceptos de franca filiación espacial como utopía, frontera o pertenencia. No obstante, en mi opinión, además de articular una teoría crítica que, a partir de la noción de utopía,[1] analiza la realidad socio-cultural latinoamericana, la principal contribución del pensador uruguayo estriba en el “diseño” comprensivo de la compleja red de “flujos segmentados y combinados que atraviesan y desdibujan las fronteras nacionales existentes”  [Aínsa 2012, 62].
En este debate, como en tantas polémicas, persiste una tendencia al establecimiento de dicotomías supuestamente funcionales que acaban subsumiendo los matices dentro de conceptos “fuertes” polarizados. En concreto, la “sustancia” ha sido ontologizada hasta el punto de formar tándem con la idea de lo “real” frente a lo “virtual” asociado a lo “insustancial”. Así, tal como denuncia Molinuevo, “la llamada ‘era de la información’ es la era de las formas platónicas”  [Molinuevo 2006, 96]; esto es, se acaba privilegiando las relaciones y procesos inmateriales profundamente idealistas, a pesar de que la propia experiencia revela que las TIC sumergen al usuario en un continuum físico-virtual. En este sentido, el pensador español estima que el ser no desaparece en el entorno electrónico, sino que deviene digital: “su ser y su morada son provisionales”  [Molinuevo 2006, 101]. Ahora bien, su argumentario no recae en el elogio del nomadismo como “vagabundeo iniciático” de Maffesoli o en los diagnósticos de la fluidez y la precarización de Bauman; en cambio, advierte que el nómada digital no se presenta como un teleperegrino o autoestopista de las pantallas que anhela la sublimación del viaje, sino que vive la digitalidad plenamente. De este modo, el nómada en el siglo XXI, en palabras de Molinuevo, “busca lo mismo que los viajeros románticos, es decir, el camino digital a casa. Una casa que ha ido transmutando de modelo: de rural a urbano y a digital”  [Molinuevo 2006, 101].
En principio, le compete a la antropología social y cultural, a la geografía, a las ciencias políticas o, incluso, a la sociología determinar qué es el espacio y qué es el territorio. Sin embargo, se puede afirmar que ambos conceptos, generalmente confundidos por la amplitud de sus aplicaciones y contextos, remiten a realidades o, mejor dicho, a niveles distintos. El espacio tiende a configurarse como hiperónimo metafórico del territorio debido a la inclusión en este último del componente social y cultural. Como afirma José Luis García: “el territorio es un espacio socializado y culturizado”  [García 1976, 26]. De esta definición se desprende el “fin” de la codependencia naturalizada territorio-sociedad y el inicio de “una visión de territorio a partir de la concepción del espacio como híbrido: híbrido entre sociedad y naturaleza, entre política, economía y cultura, entre materialidad e ‘idealidad’, en una compleja interacción tiempo-espacio”  [Haesbaert 2011, 68].
Igualmente, siguiendo el argumento de Rogério Haesbaert, el territorio posee un palpable factor relacional, ya que en él se enlazan múltiples correspondencias de poder “material” –económico y político– y “simbólico” –cultural– [Haesbaert 2011, 68]. El geógrafo brasileño elabora una útil clasificación triádica de las principales cuestiones teóricas y prácticas a abordar sobre la desterritorialización, a saber:

1) Generalmente no hay una definición clara de territorio en los debates acerca de la desterritorialización; el territorio aparece como algo ‘dado’, un concepto implícito o referido a priori a un espacio absoluto, o bien se lo define en forma negativa, o sea, a partir de lo que no es; 2)la desterritorialización se concibe casi siempre como un proceso genérico (y uniforme), en una relación dicotómica y no intrínsecamente vinculada a su contraparte, la re-territorialización; este dualismo más general se encuentra vinculado a varios otros, como las disociaciones entre espacio y tiempo, espacio y sociedad, material e inmaterial, fijación y movilidad; 3) desterritorialización, con el significado de ‘fin de los territorios’, aparece asociada sobre todo con la predominancia de las redes, completamente disociadas de u opuestas a los territorios, y como si la creciente globalización y movilidad fueran siempre sinónimos de desterritorialización.  [Haesbaert 2011, 27–28]

De hecho, Haesbaert opina que la sociedad se encuentra actualmente en una fase de predominancia del “carácter simbólico del territorio” sobre el elemento material, circunstancia que ha conducido a muchos especialistas a posturas “desterritorializadas” [Haesbaert 2011, 78]. Como resume elocuentemente Molinuevo: “Cuando se habla de la desterritorialización del ciberespacio, nuevamente se cometen los errores de la herencia platónica: una mente en el territorio de las formas simbólicas”  [Molinuevo 2006, 37].

1. El mito del Ciberespacio

Tradicionalmente, ha existido una manifiesta y unívoca relación entre soberanía, identidad y literatura. Los países reivindicaban su diferencia a la par que valorizaban lo propio frente a otras culturas. La otredad era confrontada mediante constructos supuestamente sólidos, tales como “raíces”, “patrimonio” o “territorio”. Empero, hoy en día, la difuminación de las fronteras llevada a cabo por la globalización y el capitalismo ha provocado que estas ideas, antaño incuestionables, deban ser actualizadas por la pérdida de los “referentes de legitimidad”  [García Canclini 2010, 299] que constituían las coordenadas de sentido del canon artístico-literario nacional y, en consecuencia, por el surgimiento de una “geografía alternativa de la pertenencia”  [Aínsa 2012, 117].
Para abordar este apartado hay que partir de una premisa esencial que tiende a obviarse a causa del fuerte componente utópico que ha alcanzado el ciberespacio: “el espacio no es nunca neutro”  [Aínsa 2006, 27]. En un acrítico alegato tecnófilo, una parte importante de los estudiosos de la cibercultura ha recurrido a presupuestos marcadamente posmodernos y antidisciplinarios entre los que cabe destacar el “rizoma” [Deleuze y Guattari 1977] [Deleuze y Guattari 2004], el “texto ideal” barthesiano [Barthes 2001, 3], el “no lugar” [Augé 1993] o la “inteligencia colectiva” [Levy 2007] para señalar las virtudes democratizadoras y antijerárquicas de la red.
Sin entrar en demasiados detalles, el rizoma encarna una serie de principios fundamentales para la cuestión que aquí nos ocupa: los principios de conexión y heterogeneidad y el principio de multiplicidad. Según la formulación original de Deleuze y Guattari, “cualquier punto de un rizoma puede ser conectado con cualquier otro y debe serlo”  [Deleuze y Guattari 1977, 16]. Además, el rizoma no “tiene relación con el Uno como sujeto o como objeto”  [Deleuze y Guattari 1977, 18] y, por consiguiente, no cuenta con un centro que lo estructure y jerarquice. Hay que matizar que el concepto de rizoma desarrollado por Deleuze y Guattari no implica una completa desterritorialización. Los autores reconocen que el rizoma cuenta con “líneas de segmentariedad desde las que es estratificado, territorializado (…); pero también líneas de desterritorialización por las que se escapa sin cesar”  [Deleuze y Guattari 1977, 23–24]. En su opinión, el cuerpo social es atravesado al mismo tiempo por tres tipos de líneas: “líneas de segmentariedad rígido o molar”, “líneas de segmentariedad flexible o molecular” y “líneas de fuga o desterritorialización”. Según explican los autores:

Los códigos son inseparables del movimiento de descodificación y los territorios de los vectores de desterritorialización que los atraviesan. Y la sobrecodificación y la reterritorialización tampoco son posteriores. Más bien habría que hablar de un espacio en el que coexisten los tres tipos de líneas totalmente enmarañadas.  [Deleuze y Guattari 2004, 226]

Evidentemente, este supuesto espacio liso no implica la supresión del lugar o de la orientación, aunque algunos teóricos como Wirth postulan la imposibilidad de posicionarse en Internet: “el problema de orientarse dentro del mapa (rizomático) de la semiosis equivale al problema de quien lee un mapa sin conocer su propia ubicación dentro de él”  [Wirth 1998, 61]. Al contrario, la horizontalidad es refutada por la práctica cotidiana del cibernauta, quien, según Beatriz Sarlo, debe poseer para la navegación “una capacidad muy alta de lectura y habilidades conceptuales y sustanciales para la búsqueda”  [Mora 2012, 42]. Es más, aunque la red posee una configuración sintáctica y semántica difícilmente sistematizable, la ensayista argentina señala un par de rasgos derivados de su funcionamiento:
  • La exploración traza el mapa y establece el sistema sintáctico;
  • se presupone que ese árbol invisible, sólo producido en su mismo recorrido, no tiene jerarquías sintácticas que se correspondan con las jerarquías culturales [Mora 2012, 42–43].
No obstante, no hay que caer en la tentación de homologar “rizoma”, “horizontalidad” y “democratización”. Frente a la casi nietzscheana conclusión de Sarlo –“Nadie certifica nada. Por eso se dice que la red es democrática. Pero cada uno entra en ella con lo que tiene y saca de ella en proporción a lo que sabe”  [Mora 2012, 43]–, Vicente Luis Mora matiza el corolario: el árbol sintáctico es visible y existen una determinadas “reglas de privilegio”  [Mora 2012, 43] centradas en la visibilidad.[2] Por ejemplo, Google se ha convertido en la primera “máquina filosófica”, el gran mediador o gramática “que regula nuestro diálogo con el mundo sustituyendo ‘vagos’ presupuestos metafísicos e ideológicos con reglas de acceso estrictamente formalizadas y universalmente aplicables”  [Groys 2014, 194].
Como argumenta Groys, Google deconstruye la deconstrucción al reducir el potencialmente infinito número de contextos y trayectorias del lenguaje a una cifra cuantificable gracias a la intervención de un motor de búsqueda. El algoritmo determina en primera instancia el sentido desterritorializado, aislado de cualquier regla gramatical ajena al buscador, y, por último, su sentido reterritorializado a través del sumatorio de los contextos “realmente” disponibles [Groys 2014, 197–8]. Asimismo, no se puede obviar que la lógica del buscador es también económica y, por tanto, el orden de aparición de las páginas puede ser modificado a través de la compra del “espacio”. Por otro lado, Groys afirma que esta máquina filosófica aniquila las cadenas lógicas del lenguaje y somete a los segmentos liberados a procesos de resemantización y recontextualización: Google otorgaría, independientemente de su presencia en contextos afirmativos o negativos, el mismo capital simbólico a los resultados. De esta forma, dichas operaciones sustituyen las propiedades trascendentales de las palabras como factor de diferenciación por “operaciones extra-lingüísticas de inclusión o exclusión de ciertos términos en ciertos contextos”  [Groys 2014, 199].
Si se extrapola el concepto deleuziano a términos de la antropología de Marc Augé, el rizoma no constituye ni constituirá un ““lugar antropológico”;[3] es decir, carece de “principio de sentido” y de “principio de inteligibilidad” para los moradores de ese espacio [Augé 1993, 58]. A diferencia del rizoma, las “arborescencias” y el lugar antropológico comparten una determinada cosmovisión geométrica y ordenadora del espacio social. Para Augé, el “no lugar” sobremoderno configura un espacio de flujos acelerado, donde los individuos no desarrollan ni comparten vínculos identitarios e históricos excepto el presente e incesante tránsito [Augé 1993, 40–1, 83]. Así pues, en este fluir aparentemente a-histórico y a-significativo se resumen algunas de las consideraciones que se han vertido sobre el ciberespacio, especialmente, aquellas que se centran en la cuestión identitaria.[4] El antropólogo francés lo ilustra del siguiente modo:

El pasajero de los no lugares sólo encuentra su identidad en el control aduanero, en el peaje o en la caja registradora. Mientras espera, obedece al mismo código que los demás, registra los mismos mensajes, responde a las mismas apelaciones. El espacio del no lugar no crea ni identidad singular ni relación, sino soledad y similitud.  [Augé 1993, 106–7]

En oposición al rizoma, carente de objeto y sujeto, el radicante cuenta con un sujeto vectorizado, constituido por su movimiento y trayectoria.[5] Nicolas Bourriaud destaca el componente “constructivo”, de “montaje” del radicante “como relato dialogado, o intersubjetivo, entre el sujeto y las superficies que atraviesa, en que se arraiga”  [Bourriaud 2009, 62]. El radicante funge de “traductor” espacial, adaptable a toda clase de superficies, que “produce” un significado “a la vez dinámico y dialógico”  [Bourriaud 2009, 56–7]. En este sentido, el radicante reflejaría tanto la necesidad contemporánea de arraigo entre los polos del rizoma como la territorialización más absoluta; de ahí que el “ser radicante” del sujeto bourriaudiano se defina indefectiblemente no como una identidad estable, sino como un “objeto de negociaciones”  [Bourriaud 2009, 57].
El crítico francés se sitúa entonces en un punto intermedio entre dos modelos culturales, en su opinión, contradictorios: “el repliegue identitario” y la “creolización” [Bourriaud 2009, 20]. Como recalca Heike Scharm, Bourriaud parte de una interrogación sencilla y necesaria: “cómo consolidar la noción inviolable de esencia y todo lo que ésta implica (identidad nacional, cultural, origen, raíces), con el rechazo de autoridad y verdades absolutas, frente a la realidad paradójica de transculturación, asimilación, hibridez y mestizaje”  [Scharm 2012, 151]. En definitiva, subyace en el fondo de esta pregunta, además de una crítica de la posmodernidad, el germen de un proyecto diferente: la altermodernidad.
Por otro lado, resulta interesante la lectura del radicante de Bourriaud desde la idea de “ubicación” desarrollada por Foucault. Para el filósofo francés, la localización es sustituida en la actualidad por la ubicación, o sea, por las relaciones de vecindad que se establecen entre elementos. En palabras de Foucault:

No vivimos en una especie de vacío, en cuyo seno podrían situarse las personas y las cosas. No vivimos en el interior de un vacío que cambia de color, vivimos en el interior de un conjunto de relaciones que determinan ubicaciones mutuamente irreductibles y en modo alguno superponibles.  [Foucault 2012]

La altermodernidad es concebida como un espacio de negociación sobre el que se van generando interconexiones culturales diferentes [Bourriaud 2009, 44]. Para el teórico francés, el ser-radicante comporta, frente a los modelos arraigado moderno y al rizomático posmoderno, “poner en marcha las propias raíces en contextos y formatos heterogéneos, (…), traducir las ideas, transcodificar las imágenes, transplantar los comportamientos, intercambiar en vez de imponer”  [Bourriaud 2009, 22].[6]
De una manera similar al espacio radicante de negociaciones intersubjetivas, la noción de “inteligencia colectiva” ha adquirido en las últimas dos décadas una especial relevancia conforme la cibercultura se ha ido asentando en la sociedad. Las facilidades para establecer relaciones telepresenciales y prácticamente asincrónicas han contribuido a la “universalización” del ciberespacio en sentido amplio. Siguiendo a Pierre Levy, tres principios guían su crecimiento: “la interconexión, la creación de comunidades virtuales y la inteligencia colectiva”  [Levy 2007, 99].
Sin duda, en las tesis de Levy todavía ronda la visión desterritorializada y virtual del ciberespacio; sin embargo, se reconoce el carácter relacional de la cibercultura como “materialización” de las aspiraciones comunitarias de establecer puntos de encuentro y cooperación transversales y libres [Levy 2007, 103]. Estas comunidades, teóricamente desterritorializadas, presentarían agrupamientos no solo en el plano de los objetivos compartidos, sino también respecto a los códigos de conducta e interpretación. Asimismo, dichos protocolos solo pueden adquirirse en el seno o en la órbita cercana de la(s) comunidad(es) mientras permanecerán vetados para los no iniciados:

Para integrarse a una comunidad virtual, hay que conocer a sus miembros y que le reconozcan como uno de ellos. Las obras y los documentos interactivos no dan generalmente ninguna información ni ninguna emoción, inmediatamente. Si no se les pregunta, si no se toma el tiempo de explorarlos o de comprenderlos, quedarán cerrados.  [Levy 2007, 55]

Tanto el espacio como el ciberespacio son lugares sujetos a inscripciones constantes por parte de todos los sectores sociales, marcados por relaciones de poder y control. En este sentido, explica Castells que “las formas y procesos espaciales están formados por las dinámicas de la estructura social general, que incluye tendencias contradictorias derivadas de los conflictos y estrategias existentes entre los actores sociales que ponen en juego sus intereses y valores opuestos”  [Castells 1997, 444]. La confusión se produce cuando se intentan aplicar los mismos esquemas de análisis –en buena medida heredados de la vieja oposición entre naturaleza y tecnología– a cada entidad. Evidentemente, no se debe negar la influencia que han ejercido las nuevas posibilidades telemáticas en el imaginario social ni su capacidad de interconexión planetaria; aunque hay que aclarar que los circuitos de comunicación requieren unas infraestructuras y un capital que no está al alcance de todo el mundo. De hecho, se establecen comunidades “de primera”, “de segunda” o “de tercera” en función de las posibilidades de acceso físico al equipamiento necesario, de la velocidad de Internet o, directamente, de la alfabetización digital de los potenciales usuarios. En términos de García Canclini:

En un mundo tan fluidamente interconectado, las sedimentaciones identitarias organizadas en conjuntos históricos más o menos estables (etnias, naciones, clases) se reestructuran en medio de conjuntos interétnicos, transclasistas y transnacionales. Las maneras diversas en que los miembros de cada grupo se apropian de los repertorios heterogéneos de bienes y mensajes disponibles en los circuitos transnacionales generan nuevas formas de segmentación.  [García Canclini 2010, 18]

El discurso globalizador presenta, pues, esta doble y contradictoria apariencia: por un lado, constituye un proyecto de democratización universal del acceso a los contenidos y herramientas de la red,[7] mientras que, por otro, crea una separación entre los colectivos “globalizados” y aquellos que no siguen o no son capaces de seguir el ritmo impuesto por una pretendida utopía notoriamente hegemónica y hegemonizadora.
Buena muestra de esta inversión de valores se vislumbra en el ámbito de la web social, donde desterritorializarse representaría más una territorialización, un dominio de los flujos de información online; en cambio, la inmovilidad supone la “desconexión” de los circuitos socio-culturales y no el arraigo –la territorialización– a un espacio concreto y bien definido.[8] Así, el ciberespacio está sujeto a “una dinámica actuante en la reterritorialización”  [Haesbaert 2011, 226], más proclive a la constitución de territorios, por muy efímeros y volátiles que sean, que a la destrucción de todo signo de territorialidad.

2. El topos y el logos fronterizo

Demostrada la no neutralidad del territorio, Aínsa avanza un paso más al trasladar el topos al ámbito del logos. De acuerdo con el escritor uruguayo, “la representación (del topos) se filtra y distorsiona a través de mecanismos que transforman la percepción exterior en experiencia psíquica y hacen de todo espacio un espacio experimental y potencialmente literario”  [Aínsa 2006, 11]. Por ello, el logos, “originado en un aquí y ahora”  [Aínsa 2006, 11], posee una dimensión y una geografía particular. Pese a que su análisis en el célebre ensayo Del topos al logos se centra en las grandes narrativas latinoamericanas de la selva y la ciudad, el ensayista realiza una afirmación de gran relevancia para la esfera digital: “el auge de la ‘geografía de la vida cotidiana’, donde los lugares de la realidad inmediata de cada uno adquieren un significado particular, ratifica la importancia del lugar personalizado”  [Aínsa 2006, 19]. Si se extrapola esta idea a la web, Internet ha acogido y fomentado la aparición de espacios de desarrollo del yo en innumerables blogs, perfiles de Facebook y cuentas de Twitter. No obstante, frente al aspecto íntimo que expresa Aínsa en su diagnóstico, se tendría que hablar de una geografía abiertamente “extima”:

Se nota un abandono de aquel locus interior hacia una gradual exteriorización del yo. Por eso, en vez de solicitar la técnica de la introspección, que intenta mirar hacia dentro de sí mismo para descifrar lo que se es, las nuevas prácticas incitan el gesto opuesto: impelen a mostrarse hacia afuera.  [Sibilia 2008, 131]

Además de “situar” el logos en sentido amplio, el espacio, como locus, posee dimensiones y construye “un habitar hecho de apropiaciones, límites y fronteras, que es el campo de la propia existencia”  [Aínsa 2006, 19]. Según Eugenio Trías, el limes era considerado “un espacio tenso y conflictivo de mediación y de enlace (…). Actuaba a la vez como cópula y disyunción. Era conjuntivo y disyuntivo”  [Trías 2009, 212]. Sin embargo, de esta consideración positiva y necesaria para evitar la esterilización cultural, evoluciona en el contexto moderno a la dimensión negativa y castradora del límite. Afortunadamente, relecturas más recientes de la frontera ahondan en esa visión intersticial superadora de las dicotomías interior/exterior o centro/periferia; de manera que, como argumenta el filósofo español, el límite constituye un “espacio susceptible de colonización, o que puede ser habitado, cultivado y experimentado, configurándose como el ámbito mismo en el cual se debate y se discierne la cuestión del ser y del sentido”  [Trías 2009, 216].
Indudablemente, Aínsa, si bien no bebe del pensamiento de Trías, coincide con muchos de sus planteamientos de base, sobre todo, al concebir la frontera más como umbral que como cercado. De esta forma, destaca su proximidad a la idea de “cruce” –“articulación que no termina de abrirse ni de cerrarse, convocación para que lo íntimo perciba el exterior y para que las diferencias entre ambos sean evidentes y se acepten”  [Aínsa 2006, 23]– y subraya la relación dinámica y transfronteriza que se establece a uno y otro lado del limes.
Con todo, el punto en el que la teoría de ensayista uruguayo nos ayuda menos es nuevamente en la cuestión del ciberespacio. Aun reconociendo la potencial compresión del tiempo y la distancia gracias a las TIC, esta ubicuidad no funda un espacio globalizante, afronterizo y accesible por completo desde la interioridad de un “débil” yo hiperconectado. La mediación tecnológica no diluye el “punto de vista privilegiado, el lugar de presencia fundador de tantos horizontes y símbolos de existencia”  [Aínsa 2006, 29] en un caos de bits y líneas de programación, sino que la identidad irá tomando forma en las múltiples trayectorias individuales trazadas en el seno de comunidades de intereses compartidos. De algún modo, la postura de Aínsa parece matizarse en Palabras nómadas, cuando asevera que “uno se identifica más con quienes hacen y creen lo que uno hace y cree”  [Aínsa 2012, 79]. En efecto, las relaciones entre los espacios offline y online se vuelven ahora más intensas e interdependientes, hasta el punto de que carece de sentido hablar de un “adentro” y un “afuera” si no es para denunciar situaciones de desconexión forzosa como la “brecha digital”.[9]
La denominada “brecha digital” supone una innegable frontera divisoria en el espacio de la red. Además, dicha fractura se manifiesta primero en el plano “físico” o material de la tecnología y se proyecta al ámbito virtual. Desde este punto de vista, el supuesto rizoma, utópica imago y trasunto de Internet, no se corresponde con la realidad que se desprende de las actuales reflexiones espaciales. A pesar de la palpable multiplicación de los circuitos de comunicación de personas y significados, se instituyen nuevos lindes y peajes –“fronteras asimétricas”  [Aínsa 2012, 126]– en el seno del cada vez más intrincado tejido social.[10] Como explica Castells en La era de la información, la exclusión social, asociada o no a la brecha digital, es un proceso que comprende tanto a personas como a territorios. El “capitalismo informacional” se apoya en la lógica de flujos de la sociedad red para circunvalar económica y tecnológicamente aquellos nodos o espacios carentes de “valor” o significatividad para los “controladores” de los flujos dominantes.[11]
En mi opinión, la teoría de Castells depende en exceso de una concepción espacial de la sociedad y no profundiza en un factor decisivo a la hora de analizar el ciberespacio: la “posesión” del tiempo. En este caso, no ha de entenderse como apropiación capitalista de un excedente, sino más bien en el sentido de la posibilidad de participación plena en “la cultura del tiempo real” que, como bien indica Molinuevo, “sigue siendo una cultura de minorías pertenecientes a distintas generaciones”  [Molinuevo 2006, 32].
Por otro lado, el ensayo de Josefina Ludmer Aquí América Latina. Una especulación parece un modelo sobresaliente de reflexión sobre las múltiples temporalidades que componen el “lugar”. Ludmer afirma que América Latina sufre un “corte de tiempo” de carácter teleológico impuesto desde fuera de su propia temporalidad. Por esta razón, considera que predomina en el imaginario latinoamericano una idea de “incompletud” y desarrollo progresivo para asimilarse a la “cultura del tiempo” dominante. La geopolítica muda así en “cronopolítica” y, a la postre, en biopolítica. De acuerdo con su análisis, América Latina estaría “siempre en una etapa temporal anterior, atrasada o ‘emergiendo’ en relación con lo ya constituido, en un proceso que nunca acaba y que se reajusta con cada salto modernizador”  [Ludmer 2010, 27].
La cuestión temporal ha sido generalmente obviada o ensombrecida por la ascendencia espacial, valga la redundancia, del ciberespacio. No obstante, poco a poco se percibe con mayor claridad en el desarrollo de la Web 2.0 y de las redes sociales –en Facebook y, especialmente, Twitter– que estamos ante una etapa más en la evolución de la red hacia conceptualizaciones “temporales”. Los expertos parecen certificar este paso de una concepción espacial de la red –cyberspace– a un modelo temporal o cyberflow. En este sentido, algunos especialistas en tecnología apuntan que la organización actual se corresponde en esencia a una evolución de los lenguajes empleados en las cadenas de montaje o en los primeros sistemas operativos [Gelernter 2013, 46]. En concreto, David Gelernter habla de la progresiva implantación en la ciberesfera de formas de estructurar la información en orden cronológico inverso al lifestream, como se puede observar en el timeline de Twitter o en el muro de Facebook, frente a la disposición en el espacio.
Al respecto, resulta interesante la coincidencia de fondo con la predicción de Molinuevo: “el control de la velocidad de los flujos en tiempo real será una de las máximas prioridades en el diseño de software de la próxima década”  [Gelernter 2013, 54]. Así, más que la posesión de los datos o la localización/estado de los mismos, lo que interesaría desde esta perspectiva es la tendencia del flujo: los trending topics, la direccionalidad o, en el terreno artístico, las “formas-trayecto” bourriaudianas. Ciertamente, las redes sociales evidencian los esfuerzos de reterritorialización en torno a ciertas prácticas, hábitos o lenguajes comunitarios. Entre otros posibles ejemplos, en el plano creativo, cada vez están adquiriendo mayor visibilidad e influencia determinados círculos de productores y consumidores de contenidos transterritoriales. Asimismo, el término integración acarrea también una profunda carga de utopía, puesto que en las sociedades globalizadas se prestigia el “estar al día”, permanentemente conectado y visible en las redes sociales. Como se ha señalado, la integración supone la participación en circuitos predeterminados, verdaderos “centros” o recentramientos de sentido, a los que no siempre se puede acceder con facilidad.
Por otra parte, en la mentalidad nacionalista, la frontera avalaba una pretendida homogeneidad interior frente a la amenaza de los “bárbaros” y establecía una línea protectora ante posibles transgresiones exteriores e interiores. Esta divisoria no se creaba de manera arbitraria, sino que encarnaba y ritualizaba [Aínsa 2006, 224] los designios del poder. Sin embargo, de manera similar al carácter dual de la utopía, la frontera no solo actúa como factor disuasorio y conservador: también estimula el contacto entre los cuerpos socio-culturales teóricamente escindidos.
Aínsa advierte –como lo hiciera Trías– la porosidad del limes, zona fronteriza y estructura membranosa a través del cual se realiza “la ósmosis de campos culturales diversos”  [Aínsa 2006, 229]. Para el escritor uruguayo, “la frontera es un instrumento que pone en funcionamiento un verdadero sistema sémico”  [Aínsa 2006, 225]; de esta suerte, despliega una amplia gama de connotaciones y significados que particularizan el “logos fronterizo”. Precisamente, por este carácter liminar, la zona fronteriza está sujeta a fuerzas centrípetas y centrífugas que desplazarán su área de acción alternativamente de un hipotético centro –asociado al poder y a sus órganos institucionales legitimadores– a la periferia –espacio de “violencia” y renovación innovadora– y viceversa. En resumidas cuentas, el gran mensaje del capitalismo globalizador consiste en la supresión de las fronteras y en la libre circulación de bienes e información a través de ellas, gracias a las manidas autopistas del ciberespacio. Aun así, la imagen utópica de un universo conectivo desterritorializado debe ser confrontada por los fuertes movimientos reterritorializadores que confirman las diferencias y desigualdades frente al mensaje homogeneizador [Augé 2007, 19–20].
Por añadidura, además de poseer una dimensión empírica, cuantificable y más o menos convencional, el espacio conceptualiza un determinado “régimen de sentido”  [Ludmer 2010, 122]. Estos regímenes se corresponden a territorializaciones diversas que, de un modo u otro, ofrecen una imagen consoladora por su potente significado y comunicabilidad. El ciberespacio no es una excepción, ya que, incluso en los casos de mayor conexión a los nodos y flujos preeminentes, se advierte la dependencia “material” en forma de infraestructuras, tecnología o conocimientos para implementarlas. El mismo diseño de la red opone un nuevo tipo de barrera que marcaría la separación entre el “espacio de los flujos” y el “espacio de los lugares”. Para Castells, el acuñador de esta dualidad, el primero posee la facultad de interconectar “lugares a distancia de acuerdo a su valor de mercado, su selección social y su superioridad infraestructural”, mientras que el segundo favorecería teóricamente el aislamiento debido a la incapacidad parcial o completa de intervenir en el espacio de los flujos [Castells 2001, 269]. Ahora bien, como ya se ha precisado anteriormente, esta circunstancia no es un factor únicamente desterritorializador, pues, en realidad, impulsaría, gracias a la web social, tanto un movimiento de repliegue y fragmentación comunitario como de colonización por parte de las fuerzas dominantes.
Sobre este último aspecto, Castells repara en que la red, en cuanto cimiento tecnológico de un modelo de organización social, responde a una constante en la innovación: los usos tecnológicos son modificados por las apropiaciones y usos sociales con la particularidad de que este ciclo se acelera hasta la casi total inmediatez. De esta forma, la tecnología se ve afectada por los intereses de la clase que más y en mejores condiciones puede acceder a ella, por tanto, la horizontalidad 2.0 de la red debe ser reconsiderada como una “metarred que desconecta funciones no esenciales, subordina grupos sociales y devalúa territorios”; en suma, el espacio “donde se produce el valor, se crean los códigos culturales y se decide el poder”  [Castells 1997, 513].

3. De la topía a la utopía digital

Según su formulación clásica, Foucault postula que las utopías “son los lugares sin espacio real (…) que entablan con el espacio real una relación general de analogía directa o inversa”  [Foucault 2012]. En su célebre conferencia, el filósofo discute la existencia de dos clases de espacios que “suspenden, neutralizan o invierten el conjunto de relaciones que se hallan por su medio señaladas, reflejadas o manifestadas las relaciones con el resto de ubicaciones”  [Foucault 2012]: las utopías y las heterotopías. Por un lado, la utopía guarda una relación de analogía con el espacio “real”; por otro, las heterotopías resultan “contraespacios” efectivos en la realidad, pero situados “fuera” del espacio por medio de mecanismos propios o ajenos de inclusión/exclusión: cárceles, asilos o academias militares.
Las heterotopías, además de “yuxtaponer en un único lugar real distintos espacios, varias ubicaciones que se excluyen entre sí”, suelen vincularse a heterocronías. Como explica Foucault, aunque las grandes heterotopías/heterocronías desde el siglo XIX generalmente tienen un carácter acumulativo y recopilador –museos, archivos o bibliotecas–, en la era de las redes sociales las distintas temporalidades no se custodian y aseguran a través de una “narración”; al contrario, se fusionan y actualizan constantemente creando complejas relaciones con el pasado y con el futuro en el presente.
Una novedad que introduce Aínsa respecto a los cauces habituales del proyecto utópico es el abandono de la consideración del ou-topos como espacio dado o imaginado. En contraposición a las tesis “inmovilistas”, el escritor uruguayo plantea que “la utopía no es un proyecto total y absoluto, sino una propuesta. Su función es propedéutica”  [Aínsa 1999, 62]. Esta diferencia resulta esencial, debido a que, al incidir en el proceso, la utopía se transfigura en agente condicionador y condicionante sobre el presente inmediato de la sociedad.
Igualmente, se distinguen dos tipos de utopías: utopías de evasión –elaboran un espacio ideal– y utopías de reconstrucción –critican el orden instaurado y confeccionan un modelo alternativo– [Aínsa 1999, 43]. Eso sí, difícilmente las utopías no ejecutan un movimiento pendular entre los polos de la evasión y la reconstrucción o, en sintonía con la ciencia heterotopológica que propone Foucault, entre la ilusión y la compensación [Foucault 2012]. Por ejemplo, el ciberespacio ofrece posibilidades de fuga de la realidad, gracias a la adopción de identidades avatáricas en los metaversos o en las redes sociales y, al mismo tiempo, permite a los usuarios una casi total autonomía para criticar, subvertir o romper protocolos injustos de comportamiento social y profesional sancionados en la esfera analógica.
No obstante, si se aplica la reflexión utópica dual que postula Aínsa, la consagración de la “simultaneidad planetaria”  [Aínsa 1999, 221] ha de ser despojada de su cariz claramente ilusorio sin caer en discursos revanchistas neoluditas. Como refiere el ensayista uruguayo, la utopía ciberespacial se proyectaría entonces a modo de “contraimagen cualitativamente diferente a las dimensiones espacio-temporales del presente”  [Aínsa 1999, 32], espacio y representación de un alter-topos y un alter-cronos concretos que, según se vio antes, polemizan sobre la realidad y proponen otros modelos sociales. En cualquier caso dicha “contraimagen” supondría, más que una “alteridad-allá” o una “alteridad-acá” pasada, presente o futura, una suerte de línea “de fuga de lo inmediato y de trasgresión del límite de la frontera existente”  [Aínsa 1999, 41].
Por añadidura, entre los tópicos más alabados de la “realidad virtual” se puede citar el auge de los paradigmas de la interculturalidad y la hibridez. Para Aínsa, las “nuevas redes de interés, fuera de toda dependencia o control nacional, escenifican la mezcla de culturas y favorecen la creación de sistemas interconectados a escala individual, donde lo «socioespacial» se va transformando en «sociocomunicacional»”  [Aínsa 1999, 227]. De todas formas, los procesos de mestizaje e hibridación no conllevan la anulación de las “dependencias” y los “controles”. A pesar de la inmediatez y amplitud de los discursos acogidos en Internet, se instauran nuevos filtros que sustituyen a los viejos reguladores.[12] En términos de Martín Prada, la web social impone una lógica opuesta a la sanción externa, pero igualmente discriminatoria:

La lógica inclusiva de esta segunda fase de la web se fundamenta en un principio elemental: una determinada aplicación o red social será mejor cuantos más usuarios hagan uso de ella, es decir, que hay valor en el volumen, que lo cuantitativo deviene cualitativo en esta época segunda de la web.  [Martín Prada 2012, 30]

El espacio utópico suele concebirse como un locus aislado del espacio real. La utopía tiende a dibujar una “frontera” que marca una separación dramática respecto a los territorios circundantes. Su destino es la infranqueabilidad para evitar las (inter)relaciones inherentes a los espacios fronterizos. En cambio, aun cuando la utopía no debería aparecer “en ninguna parte”  [Aínsa 1999, 231] para escapar de las redes de codificaciones simbólico-culturales territorializadas, prácticas aparentemente desterritorializantes como el viaje, la diáspora o el nomadismo no garantizan el descentramiento de dichos códigos, puesto que la misma noción de espacio está signada de manera indefectible por fuerzas territorializadoras y desterritorializadoras.

4. Dialéctica de lo centrípeto y lo centrífugo: territorializaciones, desterritorializaciones y multiterritorializaciones

Fernando Aínsa detecta en la narrativa latinoamericana, por una parte, un movimiento centrípeto que busca afianzarse en terreno seguro gracias al retorno a conceptos “fuertes” como país o tradición. A su juicio, esta “balcanización” del continente se debe a la amenaza de los relatos hegemónicos de la globalización contra los que se tiene que ofrecer una resistencia cultural de índole antropológico-esencialista [Aínsa 2012, 60]; por otra parte, percibe una corriente cosmopolita que ficcionaliza la “pérdida de los tradicionales referentes telúrico-biológicos de la identidad y el desmoronamiento del metaconcepto que la unificaba alrededor de las tradicionales nociones de territorio, pueblo, nación, país, comunidad, raíces”  [Aínsa 2012, 61]. En esta vertiente, la globalización, lejos de ser considerada un factor alienante, ofrece una oportunidad para problematizar y trascender un aparato conceptual y unas coordenadas creativas que se juzgan ya superados por el avance de las tecnologías telemáticas.
Desde este punto de vista centrífugo, se entiende la recurrente analogía entre posmodernidad, rizoma y desterritorialización. No hay que olvidar que los paradigmas modernos identitarios proporcionaban unos marcos de interpretación bien definidos que garantizaban la comprensibilidad de los diferentes posicionamientos en el campo cultural. Empero, se acepte, se rechace o se matice el advenimiento de un cambio paradigmático a raíz de la llegada y popularización de las TIC, no se puede refutar a la ligera el “proceso de «desocialización» actual y de desarticulación de los grandes sistemas de integración social”  [Aínsa 2012, 197]. Pervive, sobre todo a partir del pensamiento postmoderno, un cierto prejuicio no del todo superado –incluso en su vindicación– sobre la debilidad. En mi opinión, la “desocialización” no tiene que ser valorada necesariamente como algo negativo opuesto a un polo positivo o “socialización”. Como colige Castells en relación con la amplia difusión de las TIC:

El hecho de que la mayor parte de los lazos que establecen las personas sean ‘lazos débiles’ no quiere decir que no sean importantes. Son fuentes de información, de trabajo, de ocio, de comunicación, de participación ciudadana y de diversión. También en este caso, la mayor parte de estos lazos débiles son independientes de la proximidad espacial y se mantienen gracias a algún sistema de comunicación.  [Castells 2001, 149]

Así, los protagonistas del sistema artístico-literario se ven impelidos a buscar nuevos y frágiles equilibrios en las zonas intermedias y en los márgenes de un gran abanico de valores provisionales y en continuo movimiento [Aínsa 2012, 198]. Sin embargo, la “desarticulación” de lo social no debe entenderse como un desarraigo absoluto, sino como un “debilitamiento” de las interacciones sociales mediadas por el espacio. Concretamente, Castells comenta que se produce una tendencia a la “privatización de la sociabilidad” que culmina la transición de un sistema de relaciones primarias –familia y comunidad– a otro asociacionista secundario y, por último, al establecimiento de “redes centradas en el yo”  [Castells 2001, 149–50]. Este sistema de relaciones terciario de carácter individualista no vendría a ser una cualidad inherente a la tecnología, sino el soporte ideal para la difusión de esa querencia hacia el yo. Como recoge el pensador español: “lo que observamos en nuestras sociedades es el desarrollo de un híbrido de comunicación en el que se juntan el lugar físico y el ciberlugar (…) actuando como soporte material del individualismo en red”  [Castells 2001, 152]. Por su parte, Zygmunt Bauman recurre en un ensayo reciente a una descripción similar a este modo de relación para caracterizar los “vecindarios electrónicos”: redes o entornos diseñados y supervisados por un yo –“unión personal de diseñador, propietario, administrador y supervisor”– responsable de aceptar o denegar el permiso de admisión [Bauman 2015].
El epítome de este proceso sería la mitificación de la figura casi musiliana de un “hombre sin territorio”, ajeno a las complejas dinámicas de apropiaciones y reapropiaciones sociopolítico-económicas, simbólico-culturales y materiales-inmateriales que se establecen en la inherente espacialización de la sociedad. Lógicamente, estas relaciones provocan efectos territorializadores y desterritorializadores en el espacio social, que, mediante avances y retrocesos, verá estructurado su territorio. Las investigaciones llevadas a cabo por Manuel Castells concluyen que las interacciones online no tienen “un efecto directo sobre la configuración de la vida cotidiana”  [Castells 2001, 140], puesto que solamente añaden una posibilidad más de comunicación a través de la red. Con todo, creo que esta interpretación responde a un estado 1.0 o, al menos, incipiente de la web social y, por ende, sus conclusiones no reflejan las nuevas formas de sociabilidad 2.0 y 3.0 basadas en el seguimiento –muchas veces asimétrico, escogido libremente o condicionado por las sugerencias filtradas por algoritmos–, en las estrategias P2P y de reconocimiento de las comunidades de usuarios y en la hipervisibilidad.
De cualquier modo, sin menospreciar el peso de las nuevas tecnologías, Castells acierta al incluir la influencia de Internet dentro del contexto general de las transformaciones y evolución de los modelos de sociabilidad, especialmente, en lo referido a los “soportes materiales en que se desarrolla dicha interacción: espacio, organización, tecnologías de la comunicación”  [Castells 2001, 146]. Aun así, persiste una corriente no minoritaria de pensamiento que infiere que Internet no conforma ninguna territorialidad y que, por esta razón, plasmaría como ningún espacio anterior la negativa etimológica de la utopía: el ou-topos griego, el no-lugar.
En definitiva, la red puede ser y es claramente un territorio; incluso, como arguye Haesbaert, ese territorio-red bien podría convertirse en una manifestación más radical: una “red-territorio” “debido a la gran relevancia que tiene la red en la formación territorial, en este caso en tanto flujo que se repite, o sea, vinculada a la idea de territorialización por la repetición del movimiento”  [Haesbaert 2011, 247]. Se vuelve entonces a la imagen de un espacio no cartesiano, sino, en todo caso, topológico. Internet ha dinamitado las taxonomías espacio-territoriales más extendidas basadas en la mayor o menor presencia de una “lógica zonal”.[13] Por tanto, el ciberespacio ofrece la posibilidad de recorrer –activar– los múltiples territorios a través de maniobras de conexión física y virtual [Haesbaert 2011, 284] y, de este modo, diseñar nuestras provisionales “carteras de sociabilidad”  [Castells 2001, 153]) o “espacialidades-palimpsesto”.[14]

5. Conclusiones

En contraposición a las actitudes rizomáticas defendidas por un sector de la crítica especializada, Manuel Castells declara sin tapujos que “Internet tiene una geografía propia (…) hecha de redes y nodos que procesan flujos de información generados y controlados desde determinados lugares”, calculable a partir de tres coordenadas: su geografía técnica, la distribución de los usuarios y la geografía de la producción en la red [Castells 2001, 235]. Este espacio de flujos no se halla suspendido en el vacío, sino que enlaza prioritariamente con aquellas concentraciones de nodos y tráfico más veloces y densas.
En conclusión, en un mundo globalizado, de límites casi ininteligibles y nuevas articulaciones socio-culturales extrañas a las tranquilizadoras dualidades centro/periferia, interior/exterior, habría que contemplar “la necesidad de aprender a vivir a través de las fronteras”  [Aínsa 2006, 230]. No obstante, las recientes divisorias digitales no se alzan para oponer un espacio propio al espacio alterno. El topos y el logos fronterizo conforman una cartografía transnacional, múltiple y dialógica, fruto de continuas negociaciones y trasvases entre las áreas comunicadas física y electrónicamente. En cualquier caso, contra los cantos de sirena de la utopía cibernética, hay que constatar la consolidación de una sociedad radicante, integrada y/o desconectada, expuesta a perennes impulsos desterritorializadores y reterritorializadores.

Abstract

The question about cyberspace has generally been polarized around the concepts real / virtual and natural / artificial. The notion of space stands out among the empirical categories that have been handled such as real and natural. The spread of Internet has perpetuated this controversy. Thus, it is possible to distinguish a new opposition: on one hand, cyberspace understood as a deterritorialized, democratic and meaningless non-place; on the other hand, as a place subject to territorializing and identity movements that would come to put new borders, including the “digital divide”, due to the dominance of globalization in the context of the network society. In this regard, thanks to the speed and possibility of almost universal interconnection, the dominant flows “model” the space through the inclusion and exclusion of those nodes, more or less valuable for their interests. This paper will focus on analyzing the (cyber)space, and therefore it will criticize the dialectical simplifying the dialectics center and periphery or territorialization and deterritorialization.

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Notes

[1]  En palabras del propio Aínsa: “la utopía está en el corazón de toda teoría social” [Aínsa 1999, 49].
[2]  Como sintetiza elegantemente el ensayista español en un certero metatuit: “Twitter es una red compleja: tiene alto coeficiente de agrupamiento, evidencias de jerarquía (trending topics, promovidos)”  [Mora 2012, 196].
[3]  Para Marc Augé, el lugar antropológico debe presentar al menos tres rasgos comunes identificatorios, relacionales e históricos que se “corresponden para cada uno a un conjunto de posibilidades, de prescripciones y de prohibiciones cuyo contenido es a la vez espacial y social”  [Augé 1993, 58–9].
[4]  Merecería la pena reflexionar con mayor amplitud sobre la relación que se establece entre lugares y no lugares. Según Augé, ambos aparecen en la actualidad entrelazados [Augé 1993, 110]. Así, al igual que el viajero anhela el regreso a su anclaje mientras realiza un transbordo en el aeropuerto, no se abandona del todo el lugar antropológico incluso en los espacios más desterritorializados.
[5]  La metáfora del radicante, tomada por Bourriaud de la botánica, nombra las plantas que no dependen de una única raíz, sino que poseen múltiples raíces que crecen en todas direcciones y se adaptan al terreno circundante.
[6]  Enlazando con el elemento relacional del territorio mencionado al principio, resulta, cuando menos, curioso –para nada casual– que haya sido precisamente Nicolas Bourriaud el “artífice” de una estética relacional, definida en los siguientes términos: “teoría estética que consiste en juzgar las obras de arte en función de las relaciones humanas que figuran, producen o suscitan”  [Bourriaud 2006, 142]. De igual modo, para Rogério Haesbaert el territorio viene definido por su interconexión y movilidad entre las esferas material, simbólica e histórico-social [Haesbaert 2011, 70].
[7]  Un ejemplo interesante es la iniciativa de Facebook “Internet.org” (internet.org), que se resume en la afirmación que encabeza su página web: “hacer Internet asequible (…) para conectar a los dos tercios de la población mundial que no cuentan con acceso a Internet” mediante dispositivos móviles. Igualmente, existen otros proyectos y discusiones como el Project Loon de Google (http://www.google.com/loon/) para proporcionar acceso inalámbrico a Internet en zonas offline por medio de globos de helio situados en la estratosfera, el programa Google Books de digitalización de libros llevado a cabo por la misma empresa o los intensos debates legislativos sobre la neutralidad de la red y los derechos de autor.
[8]  Haesbaert denuncia el peligro de exclusión social implícito en este relato apologético del “bien común” que fomentan la globalización y la utopía digital: “quien no participa de los movimientos ‘globales’ y se sitúa en una condición más ‘inmóvil’ –o en una movilidad insegura y ‘sin control’– puede ser más vulnerable a la desterritorialización”  [Haesbaert 2011, 209].
[9]  García Canclini considera que las políticas proactivas destinadas a suturar la “brecha digital” no acarrean la desaparición total de las diferencias ni las desigualdades, sino la disminución de algunas y el fortalecimiento de otras [García Canclini 2004, 194]. Confróntese esta reflexión con las iniciativas esbozadas en la nota 7.
[10]  De acuerdo con Haesbaert, la gran polémica social del siglo XXI consistirá precisamente en esta cuestión: en “la desigualdad entre las múltiples velocidades, ritmos y niveles de des-reterritorialización, en especial entre la minoría que tiene pleno acceso y usufructúa los territorios-red capitalistas globales que aseguran su multiterritorialidad, y la masas o los crecientes ‘aglomerados’ de personas que viven en la territorialización más precaria o, en otras palabras, más incisivas, en la más violenta exclusión o reclusión socioespacial”  [Haesbaert 2011, 308].
[11]  Castells denomina “Cuarto Mundo” a aquellas áreas excluidas social y económicamente por las redes del capitalismo global. En su opinión, los esfuerzos llevados a cabo por algunos sectores y territorios marginales para reconectarse con los flujos y nodos valorizados condujeron a una “conexión perversa”, cuyos resultados más evidentes se encuentran en los fenómenos del narcotráfico y el terrorismo internacional. Para más información, véase el capítulo 2 del tercer libro de la trilogía de Castells La era de la información: Economía, sociedad y cultura. Vol. III. Fin del Milenio “El cuarto mundo: capitalismo informacional, pobreza y exclusión social” [Castells 1998, 95–191].
[12]  Uno de los casos más preclaros y significativos de la web 2.0 son los mecanismos de gratificación –recompensas– supuestamente horizontales: favoritos, puntuaciones y estrellas con los que los usuarios juzgan y valoran las aportaciones de los integrantes de la comunidad.
[13]  Según Haesbaert, la territorialidad, encarnada como los habituales “territorios-zona” o los móviles “territorio-red”, se ha complejizado tras la aparición contemporánea de los denominados “aglomerados” territoriales: “mezclas confusas de territorios-zona y territorios-red, donde se vuelve muy difícil identificar una lógica coherente o una cartografía espacialmente bien definida”  [Haesbaert 2011, 254]. Además, habría que mencionar la condición “multiterritorializada” de los territorios “aglomerados”, “resultante no sólo de la superposición o la imbricación entre múltiples tipos territoriales (…), sino también de su experimentación/reconstrucción en forma singular por parte del individuo, el grupo social o la institución”  [Haesbaert 2011, 284]. Para el geógrafo brasileño, la “multiterritorialidad” requiere la participación efectiva de una serie de factores: “una mayor diversidad territorial (…); una gran disponibilidad de redes-conexiones o accesibilidad a ellas (es decir, una mayor fluidez del espacio); una naturaleza rizomática o menos centralizada de esas redes, y previas a todo esto, la situación socioeconómica, la libertad (individual o colectiva), y, en parte, también la apertura cultural para gozar efectivamente de dicha multiterritorialidad o para construirla”  [Haesbaert 2011, 284].
[14]  Tomo la idea de la obra Bauman. El sociólogo aplicó el concepto “identidad-palimpsesto” para referirse a las consecuencias de “la falta de asideros colectivos” en el individuo, que se ve así abocado a la incertidumbre y a la “colección de instantáneas”  [Bauman 2001, 36].

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